Valdecebollas desde Brañosera.

   Revisando las últimas entradas del blog, lo cierto es que no hacen justicia al verano que estamos disfrutando. Fotografías envueltos en la niebla, días lluviosos o atravesando neveros… así nos ha cuadrado la climatología en las pocas salidas que hemos hecho este pasado mes.

   Pero nada más lejos de la realidad, las constantes y altas temperaturas, cielos despejados y calor sofocante ha sido prácticamente una constante este mes de agosto. Aunque todavía queda casi un mes, el final de las vacaciones o simplemente el final de este mes parece ser el fin del verano.

   Aprovechando los últimos coletazos decidimos preparar una ruta que pusiese un buen broche final a la temporada estival… y como lo teníamos pendiente desde hacía tiempo nos decantamos por el Valdecebollas. Una montaña con la que me impresionó hace algo más de un año cuando llegué a su cumbre sobre la bicicleta, ruta de la cual ya deje constancia en el blog. Esta vez decidimos subir por otro camino y a pié. La intención, como siempre disfrutar de la jornada, pero también reconocer el terreno de cara a la temporada invernal, y si es posible hacer una ruta con nieve y ver cara a cara las tan conocidas cascadas de hielo que se forman en las paredes de esta montaña.

   Tras barajar varias opciones nos decantamos por iniciar la ruta en Brañosera. Este municipio sito en la Montaña Palentina, pertenece a la comunidad autónoma de Castilla y León, y encuentra cobijo en la vertiente sur de la Sierra de Híjar.

   Brañosera goza del orgullo de ser el primer ayuntamiento de España, título que le fue concedido en el año 824. Fue cruce del trazado de caminos importantes como calzadas romanas, de las que todavía quedan restos, y del camino de Santiago, más concretamente de la ruta del Besaya.

   Madrugar es imprescindible para realizar esta ruta, ya que la zona presume de condiciones extremas, tanto en invierno por el frio, como en verano por el calor. Tras parar a desayunar en Aguilar de Campoo, y algo menos de 2 horas de viaje, ya sobre las 9:30 y con temperatura todavía fresca nos poníamos en marcha recorriendo las solitarias calles de Brañosera dejando el coche en una pequeña plaza a pié de carretera.


   A escasos 200mt carretera arriba, junto a una gran estabulación abandonamos el asfalto y tomamos el sendero que se desvía a la izquierda, no tardamos en meternos de lleno en el paisaje que nos acompañaría durante kilómetros en esta primera parte de la ruta, vegetación baja que se esparcía a ambos lados de la polvorienta senda serpenteando entre los enormes macizos rocosos.


   El primer tramo sombrío descendió durante algo menos de un kilómetro hasta el paso sobre el arroyo de Canal, con poca agua en esta época del año. Tras pasar el puente la senda giró bruscamente a la izquierda tornándose en duro repecho y abandonando definitivamente la sombra. Sobre la plataforma rocosa continuamos ascendiendo la loma a medida que las temperaturas comenzaban a subir estrepitosamente. A nuestra derecha quedaba el rio Rubagón, junto al cual caminaríamos más arriba.


   La senda, bastante intuitiva y bien marcada por el paso del ganado en la polvorienta tierra rojiza  avanzaba hacia el arroyo de Canaleja. Esta zona está repleta de arroyos y pequeños lagos formados por la acumulación de nieve durante el invierno. Pueden verse en las laderas las señales de erosión producidas por las torronteras en época de deshielo.
Los neveros en esta zona pueden llegar hasta bien entrado el mes de Junio incluso Julio, esto es una muestra de las duras condiciones que se dan en estas montañas durante los meses de invierno.



La ruta continuaba en sentido ascendente atravesando varias zonas de pasto donde compartimos ruta con las cabezas de ganado, vacas en su mayoría, que campan a sus anchas por las faldas de estas estribaciones de la cordillera cantábrica. La ruta alternaba tramos de estrecha senda entre pequeños árboles, en su mayoría brezal y escobas, con tramos de camino más ancho y pedregoso, señales de antiguas calzadas, que ofrecían descanso de los rayos del sol atravesando por bosques de hayas y robles.


   A medida que pasaban los kilómetros, los bosques quedaban atrás, cada vez  más lejos, y el rio Rubagón mas cerca. Convertido  en arroyo caminamos junto a él recorriendo la llanura rodeada por verticales paredes donde destacaba un macizo rocoso a nuestra izquierda. Tras saltar el arroyo, ascendimos por la loma bordeando la estructura pétrea subiendo un empinado tramo tras el cual afrontamos un paso de roca caliza.


   El paisaje cambió pudiéndose observar la fuerte acción de la erosión, del frio y nieve que modela la montaña con desprendimientos de enormes rocas y la vegetación se limita a pasto y escajos, lo único  que resiste las duras condiciones invernales.


   Atravesando una zona de caótica roca caída de la montaña llegábamos en el kilómetro 7 a la antecima del Valdecebollas, una extensa hoya donde el calor llegaba a ser insoportable y el aire insuficiente. Sin un trazado concreto, con la dirección a seguir como única referencia caminamos ascendiendo por la larguísima loma ganando altura, por fin dos kilómetros más tarde, alcanzamos con la vista el Torreón cilíndrico de piedra que marca la cumbre del Valdecebollas a 2.139 msnm.


   Sobre el, un vértice geodésico, en sus paredes, placas de recuerdo y de indicación de la cumbre así como el buzón y a modo de altar una mesa de piedra para la misa que se celebra en esta cima el primer domingo de Agosto.



   El viento soplaba de forma moderada haciendo bajar las altísimas temperaturas soportadas durante la subida, algo de agradecer durante el largo rato que pasamos en la cumbre contemplando hasta donde el brumoso día nos dejaba. Majestuosas, Espigüete, Curavacas, y los picos de Europa, al Norte un mar de nubes indicaba que el día no era tan despejado y caluroso en casa como en la montaña Palentina.



   Tras las fotos de rigor, descendimos a Sel de la Fuente, hacia el norte de la sierra de Hijar para acceder al pico gemelo del Valdecebollas, el pico Sestil 2.102 msnm.
A nuestra izquierda dejábamos el circo glaciar del Covarrés, donde escondido nace el rio Pisuerga.

Ya en el Sestil, a nuestros pies, aparecía el abandonado refugio del Golobar, y se abría ante nosotros el impresionante valle glaciar. Sin mucha demora a causa de la gran cantidad de tábanos que nos rodeaban, abandonamos la rojiza cumbre descendiendo por la loma derecha del valle.



   Frente a nosotros la suave y larga caída nos dejaba ver a lo lejos el pueblo de Brañosera. A la derecha, la imponente pared de la sierra de Hijar, la cual recorrí en bicicleta de montaña pasando por el camino de la guerra, un paredón partido a la mitad por la estrecha y sinuosa carretera que accede al Golobar.


   Durante 3 kilómetros perdimos altura constantemente procurando no perder la cresta, haciendo en el kilómetro 13,5 un  quiebro a mano izquierda descendiendo al fondo del valle buscando el arroyo de Canal. El trazado de la ruta continuó paralelo al arroyo hasta llegar a la localidad de Brañosera. La mayor parte del tramo de estrecho sendero sombrío y húmedo. Es fácil despistarse de dicho sendero debido a la gran cantidad de caminos que se cruzan en esta zona, por lo que aconsejo no perder nunca de vista el arroyo y caminar lo más cerca posible del mismo.





    A medida que nos acercábamos a Brañosera el sendero se convertía en camino más ancho y el estrecho riachuelo ofrecía profundas pozas que animaban a darse un chapuzón. Llegando al tramo final, el espeso bosque desapareció, caminando los últimos dos kilómetros bajo un sol abrasador por una polvorienta pista de tierra entre vacas recostadas a ambos lados.


   Tras 5 horas y media de ruta, aproximadamente a las 3 de la tarde, llegábamos al punto de partida con poco más de 17km recorridos.

   Brañosera es una de esas localidades con fama de cuidar bien a los visitantes que gustan de la buena gastronomía, así que decidimos recuperar fuerzas en uno de los restaurantes del pueblo. Agradecer a Diego la invitación a comer y he de decir que merece la pena acercarse a esta zona, sino a descubrir sus impresionantes rincones, si para disfrutar de su comida y del trato agradable al turista.


   Si hace un año quede impresionado por la cima y las vistas del Valdecebollas, esta vez el trazado de la ruta realizada han hecho que la cumbre pierda relevancia en el conjunto de la misma. He disfrutado más si cabe de los senderos, los valles y los paisajes impresionantes que rodean esta cumbre, sin duda alguna repetiremos, a poder ser con una ruta invernal para descubrir la “otra” cara del Valdecebollas. 


Para ver todas las fotos pinchar en el enlace.



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